jueves, 20 de octubre de 2011

[EDITORIAL] Octubre 2011

          Hace algún tiempo, el periódico digital “El Mostrador” publicaba una nota sobre las utilidades de las Universidades el año 2009, ubicando a nuestra casa de estudios en el noveno lugar, con aproximadamente tres mil millones de pesos en concepto de utilidades, por sobre universidades como la San Sebastián o de Concepción, que ni siquiera figuraba en la nómina.

          Este antecedente para algunos es positivo, da luces sobre el buen manejo financiero de esta institución educacional sin fines de lucro, para otros, no es más que una manifestación del actual conflicto estudiantil, en que se privilegian las ganancias en desmedro del alumnado o cliente.

En estos meses de movilizaciones nacionales, mucho se ha hablado del lucro, discusiones en radio y televisión, en asambleas, en las calles, etc., y esta nota de El Mostrador produjo de inmediato polémica sobre este “lucro” en nuestra Universidad. Ahora bien, claro es que la Universidad no tiene un déficit presupuestario, es más, hace un par de años se adquirió una propiedad millonaria al costado del Campus San Andrés, en la que se observan desde ya tímidos avances de la publicitada “Ciudad Universitaria”, pero ¿Santo Domingo ha aprovechado este período de vacas gordas?

          Cuando se observa deficiencias tan básicas y tan fáciles de solucionar como un enchufe, una ampolleta, un vidrio o un muro dañado por el terremoto, la respuesta es no, y si el análisis nos lleva a materias más importantes como la biblioteca, aquel laboratorio del abogado, que para muchos (estudiantes y profesores es una vergüenza), la infraestructura, que hace bastante nos quedó chica, o el profesorado (por supuesto no generalizando) nos damos cuenta que el chorreo no ha llegado a Lincoyán 255, es más, cuando vemos como se malgastan los recursos, como por ejemplo con los ya famosos guardias con perros contratados hace unos meses para evitar las tomas, también conocidos como “wachiturros” por su escaso profesionalismo en la tarea que desempeñaban, la publicidad asfixiante que llena el Gran Concepción, en microbuses, gigantografías publicitarias, en la misma escuela, en asientos, pizarrones e incluso baños, todo esto genera impotencia al ver como el dinero que mes a mes debemos pagar (o pagaremos en algún momento de la vida) no se está utilizando en recibir una educación de excelencia como se prometió, sino que sólo se va a la basura.

          Hace tiempo que se hablaba de esto, por debajo, murmurando, pero este año se alzó la voz, se ha puesto en la discusión, día a día lo vemos y lo oímos. No es algo que haya nacido en el petitorio nacional ni que sea tarea de los líderes del movimiento estudiantil solucionarlo, todos pueden ayudar en la resolución del problema, aun no concordando con las posturas de la gratuidad, de la educación pública, del fin del lucro, sino que simplemente porque eres un alumno, estudiante o cliente, que pagas mensualmente cierta cantidad de dinero, por lo tanto quién presta el servicio debe cumplir lo que promete, porque el cliente siempre tiene la razón.








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