sábado, 31 de diciembre de 2011

Ranking Musical por Rodrigo el Mino

Porque en esta fiesta "popular", no puede estar ausente el baile
NACIONAL, LA CUMBIA!


N°1: "Un año más" (un clásico)





N°2: "Agua que no has de beber", Sonora Palacios




N°3: "Daniela", Sonora Palacios












domingo, 25 de diciembre de 2011

La niña de los fósforos

Esta historia Hans Christian Andersen la escribió como un cuento para niños, pero la verdad es que no lo es, traspasa por mucho esa barrera infantil, pues es una historia que lamentablemente, sigue siendo tan real como cuando se escribió. A veces es bueno activar la memoria, asi que junto con saludarlos en estas fiestas y desearles lo mejor, compartimos este cuento infantil, que la verdad no es recomendable para un niño, pues no entendería el trasfondo que hay detrás de esto (como muchos de los cuentos de Andersen) Un abrazo y felices fiestas a todos les desea EL MANUMITIDO


¡Qué frío hacía!; nevaba y comenzaba a oscurecer; era la última noche del año, la noche de San Silvestre. Bajo aquel frío y en aquella oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña, descalza y con la cabeza descubierta. Verdad es que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero, ¡de qué le sirvieron! Eran unas zapatillas que su madre había llevado últimamente, y a la pequeña le venían tan grandes, que las perdió al cruzar corriendo la calle para librarse de dos coches que venían a toda velocidad. Una de las zapatillas no hubo medio de encontrarla, y la otra se la había puesto un mozalbete, que dijo que la haría servir de cuna el día que tuviese hijos.


Y así la pobrecilla andaba descalza con los desnudos piececitos completamente amoratados por el frío. En un viejo delantal llevaba un puñado de fósforos, y un paquete en una mano. En todo el santo día nadie le había comprado nada, ni le había dado un mísero chelín; volvíase a su casa hambrienta y medio helada, ¡y parecía tan abatida, la pobrecilla! Los copos de nieve caían sobre su largo cabello rubio, cuyos hermosos rizos le cubrían el cuello; pero no estaba ella para presumir.

En un ángulo que formaban dos casas -una más saliente que la otra-, se sentó en el suelo y se acurrucó hecha un ovillo. Encogía los piececitos todo lo posible, pero el frío la iba invadiendo, y, por otra parte, no se atrevía a volver a casa, pues no había vendido ni un fósforo, ni recogido un triste céntimo. Su padre le pegaría, además de que en casa hacía frío también; sólo los cobijaba el tejado, y el viento entraba por todas partes, pese a la paja y los trapos con que habían procurado tapar las rendijas. Tenía las manitas casi ateridas de frío. ¡Ay, un fósforo la aliviaría seguramente! ¡Si se atreviese a sacar uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos! Y sacó uno: «¡ritch!». ¡Cómo chispeó y cómo quemaba! Dio una llama clara, cálida, como una lucecita, cuando la resguardó con la mano; una luz maravillosa. Le pareció a la pequeñuela que estaba sentada junto a una gran estufa de hierro, con pies y campana de latón; el fuego ardía magníficamente en su interior, ¡y calentaba tan bien! La niña alargó los pies para calentárselos a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano.

Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz sobre la pared, volvió a ésta transparente como si fuese de gasa, y la niña pudo ver el interior de una habitación donde estaba la mesa puesta, cubierta con un blanquísimo mantel y fina porcelana. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor del caso fue que el pato saltó fuera de la fuente y, anadeando por el suelo con un tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió hacia la pobre muchachita. Pero en aquel momento se apagó el fósforo, dejando visible tan sólo la gruesa y fría pared.

Encendió la niña una tercera cerilla, y se encontró sentada debajo de un hermosísimo árbol de Navidad. Era aún más alto y más bonito que el que viera la última Nochebuena, a través de la puerta de cristales, en casa del rico comerciante. Millares de velitas, ardían en las ramas verdes, y de éstas colgaban pintadas estampas, semejantes a las que adornaban los escaparates. La pequeña levantó los dos bracitos... y entonces se apagó el fósforo. Todas las lucecitas se remontaron a lo alto, y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas del cielo; una de ellas se desprendió y trazó en el firmamento una larga estela de fuego.

«Alguien se está muriendo» -pensó la niña, pues su abuela, la única persona que la había querido, pero que estaba muerta ya, le había dicho-: Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia Dios.

Frotó una nueva cerilla contra la pared; se iluminó el espacio inmediato, y apareció la anciana abuelita, radiante, dulce y cariñosa.

-¡Abuelita! -exclamó la pequeña-. ¡Llévame, contigo! Sé que te irás también cuando se apague el fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad. Se apresuró a encender los fósforos que le quedaban, afanosa de no perder a su abuela; y los fósforos brillaron con luz más clara que la del pleno día. Nunca la abuelita había sido tan alta y tan hermosa; tomó a la niña en el brazo y, envueltas las dos en un gran resplandor, henchidas de gozo, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío, hambre ni miedo. Estaban en la mansión de Dios Nuestro Señor.

Pero en el ángulo de la casa, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas las mejillas, y la boca sonriente... Muerta, muerta de frío en la última noche del Año Viejo. La primera mañana del Nuevo Año iluminó el pequeño cadáver, sentado, con sus fósforos, un paquetito de los cuales aparecía consumido casi del todo. «¡Quiso calentarse!», dijo la gente. Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el esplendor con que, en compañía de su anciana abuelita, había subido a la gloria del Año Nuevo.






sábado, 24 de diciembre de 2011

¡Es la economía estúpido!

Por Damián Farías

La frase que abre la presente columna ha sido repetida con cierta regularidad desde que fuera empleada por primera vez en la campaña de Bill Clinton en 1992, su popularidad se debe a que sintetiza la principal preocupación del mundo en los tiempos contemporáneos y especialmente en estos años donde las palabras “crisis económica” suenan con una regularidad mucho mayor a la esperada.
La crisis en Grecia, a la que muchos aluden, pero pocos explican, tuvo su origen en los gobiernos de centro-derecha anteriores a Papandreu. Durante años el partido conservador aseguró que el déficit griego era de un 3,7%. Posteriormente, el gobierno de Papandreu (llegado al poder el 2009) demostró que el déficit real era de un 12,7%, una cifra alarmante. Debiendo hacer frente a impopulares (pero muy necesarios, reajustes). El gobierno de Papandreu dimitió y logro concretar un gobierno de unidad nacional, se tuvo que incluir conservadores, los mismos que produjeron la crisis (Al parecer no solo en Chile la gente tiene mala memoria).

En nuestro país la crisis helénica ha sido usada como pretexto para oponerse al estado de bienestar que imperaba en Grecia, ocultando sus verdaderos motivos.
Los políticos de aquí al parecer no son los únicos miopes, hace unas semanas el Presidente de la SOFOFA dijo que no estaban dispuestos a “pagar la paz social a través de una reforma tributaria”. Pocas veces se pueden escuchar frases más carentes de lógica. Si yo fuera empresario lo que más me esforzaría en obtener sería la paz social, nadie puede mantener una empresa en un país fracturado por la desigualdad y que es una olla a presión para conflictos sociales.
            Sobre el presupuesto que se discutió en pasados días y que ha sido fuente para replantearse la estructura impositiva del país, existe algo que no me logro explicar; el gobierno insiste en predisponernos a enfrentar un recesión económica en el futuro, sin embargo si ese es su pronostico, no lo están haciendo bien: en concordancia con lo que se espera, debería aumentar el gasto público; para impulsar la producción como dice la teoría keynesiana, lo cual no se hace. Entonces no existe una correlación técnico-lógica entre lo que se dice y lo se hace.
Si faltan fondos para hacer lo que hay que hacer, se debe realizar una reforma tributaria.
Obviamente para hacer una reforma tributaria hay que hacer énfasis en dos prerrequisitos: Primero: Cómo se esta gastando la plata actualmente ¿Es eficiente el gasto fiscal?, ¿Son adecuadas las políticas sociales? Y segundo ¿En que queremos invertir los nuevos recursos?

Los economistas insisten en repetir el dogma que subir impuestos, especialmente a las grandes empresas ahuyenta la inversión. Estas frases ya no se sostienen y resulta contradictorio con el actuar de inversionistas chilenos que se instalan en países más turbulentos y con mayores impuestos que Chile (Argentina, Perú). Las empresas que mas empleo aportan son las PYME, las grandes se aprovechan de vacíos legales como el multirut para seguir evadiendo sus obligaciones legales.
Estamos en un tránsito histórico; cada cierto tiempo el país tiene la oportunidad de crecer; a principios del s. XX fue el tiempo del salitre, donde se construyeron las grandes obras públicas del centenario ¿Qué legado público tendrán las futuras generaciones post-bicentenario?

Cuestionarse la conducción económica no tiene porque llevarnos a teorías trasnochadas ni ser tildados de algún color especial, sólo se trata de una pequeña (quizá minima) conciencia social. Conciencia social que en estos días se ve más apagada aún; el capitalismo logró convencernos que solo comprando seremos felices, alejándonos de los valores tradicionales, dejando casi en ridículo a quien pretende recuperar el verdadero sentido de las fiestas.